La curiosidad y la creatividad en la vejez.

Curiosidad


Nunca deberíamos dejar de hacer preguntas.


Simone de Beauvoir defendía que la persona que envejece no solo debería hacerlo de forma serena sino apasionadamente creativa. Y que, sobreponiéndose al posible cansancio acumulado, tendría que intentar afrontar las vicisitudes del día con la mirada nueva, ingenua, impetuosa de quien descubre el mundo por primera vez. Para ello es preciso que haya mantenido o recupere la curiosidad que tenía en su niñez.

Curiosidad equivale a dar nombres y forma al propósito o intención de descubrir y explorar cosas nuevas. A una edad temprana los niños nos inundan con preguntas a todas horas, les divierte hacerlo. Hasta que los adultos no sabemos las respuestas y no queremos admitirlo, o nos cansamos de responderlas y, egoístamente, para que nos dejen en paz y podamos refugiarnos en el periódico o en las noticias del telediario de las nueva, los reducimos dictatorialmente al silencio o los enviamos a manipular su pequeño ordenador –de hecho, a que abandonen el juego dialéctico que los divertía-, preferentemente lejos a otra habitación.

La mayoría de los niños obedece, sigue el estúpido consejo de adultos y deja de hacer preguntas, a veces, para siempre.

“Si quieres ser feliz, a lo largo de la vida, también en la vejez, nunca dejes de sorprenderte ni de seguir preguntando.”

(Del libro “Olvida tu edad” de Ramón Bayés.)