El Zen y los haikus


El Zen encuentra naturalmente su expresión más espontánea en la poesía.


El Zen, que va más allá del ego para alcanzar la plenitud del ‘Sí’; el Zen, rechazo del verbalismo, del intelectualismo; el Zen insolencia, humor, libertad; el Zen, amor por todos y por todo, atento a la más modesta brizna de hierba, el Zen encuentra en el haiku, ese poema tan breve, tan simple y tan profundo, su expresión más afortunada, su coincidencia natural.

Un haiku es un poema; o sea, como todo poema, un efecto del arte del lenguaje, que busca sugerir, mediante el sentido, la imagen y el ritmo, una emoción, un estado de ánimo. Hay muchas formas de poemas. Así, en nuestra lengua tenemos la balada, el soneto, la elegía, la estancia, el epigrama, el poema de forma libre, etc. En japonés, el haiku es un poema constituido por tres versos, de cinco, siete y cinco sílabas.

El haiku, resultado de un refinamiento extremo, producto de siglos de cultura, no revela su sabor más que a las mentes receptivas, a los corazones atentos. Aquí no hay florituras, ni grandes imágenes impresionantes, ni gritos, ni muerte, ni sangre.

El haiku es sencillez, ligereza, es poner al desnudo lo esencial. El haiku es sobre una mesa de madera, una flor silvestre. Es el momento concedido al silencio, una gracia, un secreto. Un pájaro que se posa, un instante preservado, una brizna de eternidad.

Un haiku es la oportunidad ofrecida de adivinarlo todo, de comprenderlo todo, de amarlo todo, en un relámpago de tres versos.

Ochi kochi ni
Tachi no oto kiku
Wakaba kana
(Buson 1715-1783)

(De “El arte de los Haikus”. Henri Brunel. Edit. Los pequeños libros de la sabiduría).